Argentina y los Héroes de la Selección Fantasma

(Homenaje a Quienes se Privaron de Todo para Ganar la Clasificación al Mundial 1974)

Faltan pocos días para el partido de Argentina con Bolivia por las eliminatorias para el Mundial 2018. Una prueba de fuego para la selección de Edgardo Bauzá, porque se trata para el técnico de un crucial punto de nuevo arranque y porque la altura siempre ha sido un enemigo jurado para los albicelestes.
La que vamos a contar aquí es la historia de un seleccionado argentino que se aisló del mundo en condiciones indignas para futbolistas profesionales y que, así y todo, dio un aporte fundamental para la concurrencia albiceleste al Mundial 1974 de Alemania. Y que después de la clasificación fue míseramente olvidado.
El periodista Carlos Ares la denominó la “Selección Fantasma” y así quedó en el imaginario colectivo, estimulado por una fotografía de Lucio Flores que se volvería famosa. En ella el grupo de 15 jugadores, más el técnico Miguel Angel Ignomiriello y sus colaboradores, aparecían con los rostros cubiertos por conos hechos con cartones agujereados, una especie de capuchas masónicas de color blanco, que permitían ver únicamente los ojos.

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El objetivo de Enrique Omar Sívori, designado responsable de la selección en lugar de Juan José Pizzutti, era preparar un equipo “alternativo” que pudiese ganarle a Bolivia en la altura de La Paz. O sea que no repitiese el traspié que había sufrido Adolfo Pedernera en 1969 (neta derrota por 3-1) y que tuvo peso decisivo para que Argentina no estuviese presente en el Mundial mexicano del año sucesivo.
El grupo elegido estuvo 35 días entrenando en el altiplano (base Tilcara a 2.465 metros de altura) y jugando amistosos, lejos de sus familias, olvidado por el periodismo y por la AFA, en las condiciones más deplorables que puedan imaginarse. Pero ocho de ellos, seis de los cuáles en la cancha los 90 minutos, cumplieron con la misión encomendada y el 23 de septiembre de 1973 en el estadio Siles Suazo vencieron a Bolivia por 1-0 (gol de Oscar Fornari), dejando a Argentina a un paso de la clasificación para Alemania. Faltaba solo una victoria sobre Paraguay para quedar consumada. Y, sin esfuerzo, fue asegurada dos semanas después por los titulares de Sívori con un fácil triunfo por 3-1 sobre Paraguay en la Bombonera.
Pero los verdaderos héroes fueron ellos, los fantasmas de Ignomiriello. Los que afrontaron todo tipo de privaciones. Algunos (Mario Kempes, Aldo Poy, Ricardo Bocchini, Ubaldo Fillol) olvidándose de su fama internacional y entregándose al trabajo rudo en la montaña como humildes proletarios.
Gloria y loor, honra sin par, a esos titanes que entregaron todo, hasta el alma, al servicio de la camiseta celeste y blanca.

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Se debe empezar por describir la atmósfera ambiental en la que se disputó aquella ronda clasificatoria. Era el año del regreso de Perón a la Argentina y de su elección plebiscitaria del 23 de septiembre. Pero, futbolísticamente, para el país las cosas andaban mal.
Pizzuti había fracasado de manera inapelable en la llamada “Minicopa” organizada en junio de 1972 por Brasil para celebrar su tricampeonato (1958, 1962 y 1970). Tras caer ante Portugal y Yugoslavia, Argentina terminó cuarta y esto determinó el alejamiento de José y la “muerte civil” de la mayoría de sus seleccionados, ya que sólo seis de los 22 (Daniel Carnevali, Miguel Santoro, Quique Wolff, Angel Bargas, Miguel Angel Brindisi Ramón Heredia) irían dos años más tarde al Mundial alemán.
El país entero temblaba ante la posibilidad de repetir el papelón de 1969, cuando la selección de Pedernera, tras ser vapuleada en La Paz, no logró el boleto para acceder a México 1970. En su lugar llegó Sívori, de excepcional campaña como jugador en Italia, pero cuyos blasones no había aún revalidado como técnico. Debutó el 27 de agosto de 1972 con un triunfo (3-2) sobre Chile pero su afirmación llegó en una minigira por Europa, traducida en un resonante suceso por 4-2 en Munich sobre la Alemania de Maier, Beckenbauer, Overath, Breitner y compañía bella.
El problema de Sívori era su fuerte temperamento que lo llevó a repetidos choques con la dirigencia de la AFA. Interventor era Raúl D’Onofrio, al que le renunció tras la vuelta de la delegación a Buenos Aires. Pero en el país las cosas cambiaban con una velocidad fulminante y Sívori (peronista convencido) fue repuesto por orden directa del nuevo presidente Héctor Cámpora, surgido de las elecciones del 11 de marzo de 1973.

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La selección fantasma

Los rivales de Argentina para acceder a Alemania 74 eran Paraguay y Bolivia. Se sabía que los guaraníes serían difíciles en su tierra y los bolivianos en la altura de La Paz. Entonces, como nunca antes, se tomaron algunas precauciones. Podría decirse que fue el primer intento de organización que se ensayó a nivel de la selección albiceleste. Y para enfrentar a Bolivia en La Paz se formó una selección paralela puesta al comando de Ignomiriello, que era el alterno de Sívori y ya había estado al frente de Argentina en las Copas Lipton y Newton, jugadas en el breve lapso de la renuncia del Cabezón. Ese grupo debía pasar 35 días en la altura, primero en el norte del país y después en Cuzco, preparándose para el crucial choque con Bolivia.
Lo integraban como arqueros Fillol (River Plate)  y Jorge Tripicchio (San Lorenzo) como arqueros, Rubén Glariá  (San Lorenzo), Osvaldo Cortés (Atlanta), Néstor Chirdo (Estudiantes de La Plata), Daniel Tagliani y Jorge Troncoso (Vélez Sársfield) como defensores, Reinaldo Merlo (River Plate), Rubén Galván (Independiente), Marcelo Trobbiani (Boca Juniors) y Bochini (Independiente) para el mediocampo y Oscar Fornari (Vélez Sársfield), Kempes (Instituto de Córdoba), Aldo Poy (Rosario Central) y Juan Rocha (Newell’s Old Boys) delanteros. Faltó Juan José López (River Plate) porque el día del viaje se quedó dormido y nadie se ocupó de despertarlo. Como puede verse, algunos apellidos eran ilustres y otros casi desconocidos.
La delegación voló el domingo 19 de agosto desde Aeroparque, envuelta en una general indiferencia. Destino: San Salvador de Jujuy. Ahí nomás empezó el calvario, ya que el viaje en micro hasta Tilcara, el lugar de la concentración situado a 2.445 metros de altura, fue un verdadero martirio. Enseguida se vio que todo quedaba librado a la improvisación y la infinita buena voluntad de Ignomiriello. Al hotel donde el grupo alojaba todavía ni había llegado la ropa de entrenamiento. No había ningún dirigente responsable. Solo varios días después llegó para ponerse al frente de la delegación Dante Livi, accediendo al pedido de Ignomiriello, su amigo.
El trabajo físico fue masacrante. La altura y el calor de Tilcara hacían mella en el físico de los jugadores quienes, pese a todo, no le esquivaban el bulto al esfuerzo. Volvían al hotel exhaustos, caminando lentamente por la falta de oxígeno y haciendo pausas de reposo tras una cantidad de metros recorridos. Se sabe que los movimientos bruscos, en la altura, pueden ser hasta fatales. La única baja fue la de Merlo, que abandonó al grupo porque no aguantaba ni la altura ni las condiciones en las que se vivía en Tilcara, donde la comida era horrible. “Tirabas el puré para arriba y se quedaba pegado al techo, de la carne ni hablar, era de piedra”, se quejaría Kempes.
El mismo Ignomiriello debió intervenir en la cocina para mejorar el menú que se preparaba a sus dirigidos. Pero más grave era que vivían intranquilos. Habían dejado Buenos Aires sin que la AFA arreglara el tema económico y ahora Ignomiriello no lograba siquiera comunicarse telefónicamente con la sede de calle Viamonte. Se les había dicho que iban a jugar cuatro partidos en el norte del país y era falso. Los únicos arreglados eran uno en Jujuy y otro en Cuzco contra Cienciano, a casi 4.500 metros de altura. La AFA les pagaría el sueldo a los jugadores, con el mismo importe que recibían de los clubes. Pero el problema era que se trataba de salarios bajos y los jugadores, en especial los más importantes, hacían la diferencia con los premios, inexistentes al no disputar el torneo local. Para peor, si perdían ¡¡¡no cobraban!!!

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La selección argentina que jugó en Cuzco. Arriba: Troncoso, Glariá, Galván Tagliani, Fillol y Cortés. Abajo: Fornari, Trobbiani, Kempes, Poy y Rocha

Los “fantasmas” jugaron el amistoso de Jujuy contra una suerte de combinado provincial, dirigido por José Yudica, técnico de Altos Hornos Zapla. Acabó 1-1 y el equipo fue silbado. La amargura se generalizó. No solo la pasaban mal, sin plata, comida adecuada y contacto con las familias sino que, para peor, la gente los insultaba. Crecía el malhumor contra Sívori y contra el nuevo interventor de la AFA, Baldomero Gigán, y demás dirigentes. Un fastidio que aumentó aún más cuando supieron que sus familiares habían pasado por la AFA para cobrar y se habían ido sin percibir un solo centavo, porque la plata no estaba.
Algunos propusieron plantar todo y regresar a Buenos Aires. Pero, al fin, privó el sentido común. Providencial fue el respeto hacia Ignomiriello, también víctima de la general desidia que envolvía al grupo. Como técnico de la selección juvenil tenía un sueldo y cobraba la mitad de los premios de la selección mayor. Pero ahora se había convertido en el alterno de Sívori, por lo que le correspondía el total. Repetidamente, Sívori reclamó que se le reconociera esta equiparación. Pero en la AFA miraron para otro lado y siguieron pagándole la mitad. El interventor Gigán tenía otras prioridades, ajenas al fútbol, como se podía esperar de un ejecutivo con aires de playboy. Por ejemplo, administrarle las salas cinematográficas al empresario Clemente Lococo.

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Exhaustos, bajo el sol quemante del altiplano, Tagliani, Rocha (7), Troncoso y Fillol vuelven a paso lento a la base tras un entrenamiento agotador (foto tomada del blog chavofucks.com)

Evocó Kempes: “La pasamos realmente mal, no teníamos ni para comer, se habían pactado dos amistosos y terminamos jugando seis o siete a cambio de dinero, que nos servía para comprar en un supermercado comida que don Miguel ayudaba a cocinar, yo volví de aquel infierno con 7 u 8 kilos menos”. En efecto, los “fantasmas” jugaron también, organizados por Ignomiriello, dos amistosos en Bolivia y cuatro en Perú, uno de los cuáles en San Carlos de Puno, a 3.827 metros de altura, y otro en Arequipa, adónde viajaron en un tren que tenía vagones con asientos de madera, lo que causó dolores musculares a varios. Hay una fotografía del viaje de retorno en un colectivo desvencijado. Las caras desoladas y las miradas perdidas en el vacío, son elocuentes.

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El masacrante trote con Kempes y Poy a la cabeza. Lo siguen Galván, Bochini y el resto (foto tomada del blog chavofucks.com)

Pero los ganaron todos, como demostración del orgullo y el amor propio que, pese a las privaciones, conservaban todavía. Y se quedaron incluso con tres copas y algún dinero, que destinaron a pagar alojamiento y comestibles.

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Y finalmente llegó el día del partido. Sívori se hizo presente 24 horas antes en el cuartel general de Tilcara acompañado por varios jugadores de la llamada selección “del llano”, o sea la titular, algo que ya de movida cayó mal entre los fantasmas. Los médicos especialistas les hicieron pruebas de resistencia a la altura a todos, o sea a los concentrados en Tilcara y a los recién llegados. De los tests resultó que eran Carnevali, Bargas, Roberto Telch y el “Ratón” Rubén Ayala los que se adaptaban mejor al rigor de los 3.500 metros sobre el nivel del mar de La Paz. O sea tres de los arribados con Sívori más Ayala. Esto hizo tambalear la esperanza de los fantasmas. Los once contra Bolivia no saldrían de su grupo.

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Enrique Omar Sívori seleccionador de Argentina en 1973

Y esta ilusión se derrumbó en cuanto Sívori dio el nombre del arquero: “Carnevali”. Fillol tuvo una crisis de llanto y se apartó a su habitación. El técnico supo enseguida que se había ganado un enemigo para siempre, más peligroso aún porque el Pato no era uno de callarse. Pero el Cabezón había sido coherente con sus ideas: Carnevali, que por entonces jugaba en España, en Las Palmas, era el mejor arquero en circulación y para que estuviese más cómodo no convocaba a Santoro, pese al gran momento que éste atravesaba en Independiente.
Siguió con los cuatro de atrás: eran Glariá, Bargas, Tagliani y Cortés. O sea que titular sería Bargas, defensor del Nantes francés, otro de los que Sívori había traído consigo desde Buenos Aires. De los otros tres la sorpresa fue Cortés, que iba de 3 y había sido uno de los más duros críticos de los métodos del Cabezón: “Pero, ¿para qué carajo me trajo acá si yo soy 4, marco del otro lado de la cancha? De 3 no jugué nunca, para eso están Pernía, Rosl y Correa, si se los llevó a la gira por Europa, ¿puede saberse para qué me crucificó a mí?”. Como volantes, junto a Galván y a Poy, que iría de 10, designó a la “Oveja” Telch. Delanteros titulares serían el Ratón Ayala, un recién llegado, más Fornari y Kempes, o sea dos “fantasmas”. De éstos salieron los suplentes, dos de los cuáles (Trobbiani y Bocchini) terminarían entrando (a los 74′ y 64′) ante Bolivia.

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La selección que jugó y ganó a Bolivia en La Paz. Falta Cortés

El equipo era equilibrado y cada designación “de afuera” tenía su justificación. Ya hablamos de Carnevali. Telch había pasado bien las pruebas del oxígeno y tenía más poder de contención que Trobbiani, demasiado joven e inexperto con sus apenas 19 años. Ayala era fija. La única inclusión discutible era la de Bargas. Troncoso tenía los méritos para ser uno de los zagueros titulares, no sólo por el trabajo hecho en el altiplano. Sívori había estado a un paso de llevarlo con la selección titular a la gira europea, la del gran triunfo sobre Alemania. Pero al fin lo dejó afuera.
Las cosas salieron bien. Argentina ganó con un gol de cabeza que Fornari anotó a los 18 minutos. Y después el equipo resistió sin grandes esfuerzos los embates de una Bolivia mediocre (ya había perdido en Buenos Aires con los mismos jugadores por un rotundo 4-0).  Le faltaba solo liquidar el obstáculo Paraguay, cosa que hizo por 3-1 dos semanas después en la Bombonera. Sívori fue sacado en andas. Los fantasmas habían cumplido con su delicada misión, dejando a Argentina con un pie y medio en la clasificación.

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La hora del festejo. Poy y Cortés abrazan al heroico Ignomiriello que no puede contener las lágrimas (foto tomada del blog chavofucks.com)

Pero Sívori no duró mucho. Entró de nuevo en conflicto con la conducción de la AFA, que esta vez aceptó de manera definitiva su renuncia. El suyo había sido un primer intento serio, casi un antecedente de la era Menotti, de planificación, de prudencia, con estudios previos de los rivales, pero sin olvidar nunca el talento propio de los jugadores argentinos ni exagerar el valor de los contrarios. Aquel experimento de la selección fantasma (tortuoso, atormentado, plagado de errores y de omisiones por una AFA impresentable) fue un cabal ejemplo.
Pero del otro lado de la balanza debe colocarse la falta de un mínimo de respeto, de consideración humana, hacia Ignomiriello y los 14 jugadores que aceptaron vivir más de un mes en condiciones deplorables, convencidos de que estaban en el altiplano para conquistar un objetivo peraltado que valía la pena. Esos muchachos, una y otra vez, se sintieron traicionados. Y Sívori no hizo nada para aliviarlos.
La inclusión de cuatro “del llano” en el equipo titular que salió a jugar en La Paz tiene una importancia secundaria. Al Cabezón lo que le faltó fue consideración y respeto humano hacia aquellos héroes, de los cuáles solo cuatro (Fillol, Glariá, Poy y Kempes) recibieron el premio de ser convocados para el Mundial 1974, en una selección ya sin él en la conducción. .
Quizás Sívori fue coherente consigo mismo. Porque como jugador, tanto en Argentina como en Italia, había sido tan grande, tan excepcional, que miraba con cierto altanero desprecio a quienes eran sus dirigidos, convencido de que ninguno podría alcanzar su nivel. Y que de un fenómeno como él debían aceptar, sin chistar ni torcer la boca, cualquier sacrificio o humillación.

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Aquel puñado de generosos altruístas no merecía ser tratado así. Y menos aún acabar sumidos en el olvido, después de haber cumplido durante más de un mes el riguroso plan de preparación física y médica impuesto, en las peores condiciones imaginables, por el Cabezón Sívori. Hablo del arquero Tripicchio, de los defensores Tagliani, Cortés y  Chirdo y de los delanteros Fornari y Rocha.
¿Quién se acuerda hoy de ellos? Prácticamente nadie. Ni siquiera de Fornari, autor del gol decisivo en La Paz, tan poco reconocido que en 1989 acabó su carrera en Juventud Alianza de San Juan, provincia en la que nació. Unicamente escapó de manera leve a este destino Troncoso, que acreditó 110 presencias con River Plate y dos partidos con la selección (contra Uruguay por las Copas Newton de 1973 y 1975). Es al único que de tanto en tanto, como entrenador de Ituzaingó, en la Primera C, le acercaban algún micrófono para recabar sus opiniones sobre el fútbol actual.
Para los otros citados, solo oblio, amnesia, indiferencia. Intentaré cubrir esa omisión imperdonable. Tripicchio pasó de San Lorenzo a Tigre, yéndose después a atajar a Paraguay, donde militó en varios clubes. El último fue Deportivo Guaraní. Volvió a la Argentina y deambuló en Segunda División (Nueva Chicago, Colón y Almirante Brown) hasta su retiro en 1986. Tagliani, uno de los titulares de La Paz, dejó Vélez, jugó para Estudiantes, All Boys y Ferrocarril Oeste y acabó en 1979 casi anónimamente su carrera en Platense. Cortés fue otro “fantasma” cuyos 90 minutos en Bolivia le valieron de poco. Pasó por Atlanta, el español Elche, Cipolletti y Temperley y dejó en 1985. Chirdo se hizo notar en Lanús, para jugar luego en Deportivo Italiano y Argentinos de Quilmes y colgar los botines en 1981. Queda Juan Ramón Rocha, quien tras dejar Newells’ Old Boys pasó en 1978 a Boca Juniors, en cuyas filas jugó 26 partidos, para irse después a Grecia. Allí fue figura del Panathinaikos, donde acreditó 227 presencias en 10 años. De la ingratitud que envolvió a Fornari ya hemos hablado.

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Señores periodistas deportivos de las nuevas generaciones, tan sensibles y perceptivos a las andanzas de falsos ídolos que sólo piensan en su bolsillo. Un veterano cronista les pide que recuerden y honren a estos héroes que tuvieron la hombría de colocar, por encima de sus intereses personales y de sus padecimientos, las urgencias que en aquel 1973 tenía el sopapeado fútbol argentino.

Bruno Passarelli

NOTA
Las publicación de las fotografías que ilustran la presente Nota está autorizada por los alcances del Artículo 34 de la Ley 11.723, ya que se trata de imágenes con más de 25 años de antiguedad, cuyo copyright pasa a ser de dominio público después de pasados los 20 años de su primera edición.

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